
Post:
Día de Muertos en San Miguel de Allende: el día en que la Catrina se siente en casa
FECHA:
November 6, 2026
Quien ha visitado México sabe que, sin importar la región, hacia finales de octubre y principios de noviembre sucede algo singular: el aire se colma de notas resinosas, ahumadas y amaderadas, el paisaje se pinta de tonos amarillos, ocres y naranjas, y las noches pierden su cualidad oscura y permanecen iluminadas por veladoras, cirios y luminarias. Si nos contamos, entre el 28 de octubre y el 2 de noviembre somos más: somos todos los que estamos, como cita el popular dicho mexicano, y también todos los que quisiéramos que estuvieran.
Inscrito en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO desde 2008, el Día de Muertos en México tiene un origen impreciso. Mientras un grupo de historiadores habla del sincretismo de las prácticas mesoamericanas vinculadas a la muerte y el culto católico, muchos otros apuestan por la síntesis, fenómeno por el cual algunas tradiciones se resistieron a ser olvidadas y prefirieron camuflarse un poco y persistir, y terminaron por ser incluidas en las formas cristianas. Así, el Día de Muertos despierta como una quimera, una tradición que, quizá, por no ser ni tan indígena ni tan europea es tan nuestra.
San Miguel de Allende celebra este día con la misma intensidad que sus ciudades y pueblos vecinos. Su calendario se llena de eventos tan tradicionales como vanguardistas: altares de muertos, exhibiciones de ofrendas, obras de teatro, proyecciones cinematográficas, exposiciones, desfiles de Catrinas y experiencias gastronómicas inspiradas por nuestra peculiar forma de relacionarnos con la muerte.
El 1 de noviembre, las fachadas de casas y comercios rebosantes de cempasúchil, los altares que llevan en su centro las fotos de nuestros seres queridos y en sus escalones sus ofrendas, los concurridos y decorados panteones, el papel picado, la mezcla de nostalgia y alegría y nuestro inconfundible carácter hospitalario convencen a la Muerte de que está en casa. Así, el segundo día de noviembre nos despertamos entre veladoras consumidas, vasos parcialmente vacíos, platos con solo migas donde la noche anterior reposaban azucarados panes de muertos. El alma se siente más liviana porque el festejo estuvo a la altura de la Catrina y nos permitió una noche acompañados por los que ya no están.
Luna Escondida honra esta festividad mexicana a través de una de las creaciones literarias más queridas: la Calaverita. Entre versos rítmicos, irónicos e irreverentes, la Catrina encontró en nuestro rancho su dosis de tequila, flores, promesas de amor y drama. Por un instante poético, una boda “casi frustrada” jugó con las interrogantes que nos quitan el sueño y se rio del destino y de lo que imaginamos como nuestras peores tragedias.
En Jardín Colibrí la ceremonia comenzaba,
en punto de las cinco
ataviados en atuendo y rizo,
la horda de invitados esperaba.
La espera se alargaba,
y el novio ni sus luces asomaba.
La novia se dio por vencida
Y a las Caballerizas emprendió la huída
Los invitados la vieron correr,
Ni la planner la pudo detener.
Los tacones repicaron
y las Silkies, por el susto, sus plumas desparramaron.
Por los senderos la novia pasó volando,
mientras los caballos, ya lo iban adivinando.
En el Speakeasy lo encontró,
entre tragos de tequila que el rancho le regaló.
Entonado, muy festivo y muy contento,
al verla en la puerta se quedó sin aliento.
Pasó saliva el muy galán y casi se atragantó,
al ver que la Catrina se asomó.
“Por fin,” dijo ella, “qué interesante,”
y estiró su mano pa’ llevárselo en ese instante.
Pero, al ver a la novia, con los ojos como platos,
pensó: no es día para regalarle tan mal rato
“Está bien, ahí se los dejo,
pero permítanme ser parte del festejo.”
Entre dramas
y copas derramadas
la Catrina se reía por lo sucedido.
Quizá en Luna no logró su cometido,
pero ¡ah! qué rato tan divertido.

.jpg)



