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Octubre en el Jardín de Olivos: la cosecha anual de Luna Escondida
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October 27, 2026
Una vez al año, en octubre, el pulso de Luna Escondida se modifica y la vida comienza mucho antes de que los primeros rayos del sol alcancen sus senderos. Los olivos que trazan sus caminos y delinean sus jardines llegan a la temporada de cosecha rebosantes del fruto de un año de dedicación y cuidado consistente. Así, en la mañana de esta esperada fecha el equipo del rancho ya estaba manos a la obra: mallas extendidas bajo las inmensas copas de los árboles, escaleras colocadas en su sitio y manos ágiles y experimentadas listas para el vareo.
La cosecha comenzó en los alrededores del huerto orgánico, donde se encuentran los árboles más grandes y longevos del rancho. De ahí el trabajo siguió hacia los invernaderos y más tarde a Jardín Colibrí, donde los olivos que rodean El Observatorio se sumaron a la faena. En cada zona la escena se repetía: mallas reposando sobre el suelo, escaleras apoyadas en los troncos, manos recorriendo rama por rama. El ambiente que acompañó este momento lo hizo aún más especial: movimientos con un ritmo festivo, conversaciones alegres y música de espíritu mexicano que se mezclaba con el sonido de las aceitunas cayendo sobre las mallas. Una lluvia frutal, pequeña y constante que fue, en sí misma, una melodía de celebración.
A lo largo de los años, los olivos de Luna han crecido sin timidez. Algunos, incluso, demandaron la atención de un mismo equipo durante toda la jornada. En el Jardín de Olivos, donde los árboles se acomodan en filas equidistantes como en un bosque ordenado, se observó un momento casi coreográfico. Al asentarse la tarde, cuando la recolección llegaba a su fin, de vuelta en el huerto orgánico, otro grupo ya separaba hojas y ramas de las aceitunas y las sumergía en agua clara antes de que comenzara la siguiente etapa.
Al día siguiente, las olivas recolectadas emprendieron su trayecto hacia Dolores Hidalgo, donde el prensado cerró el ciclo que la primavera había comenzado meses atrás. En un proceso tan simple como honesto las aceitunas del rancho entran a la máquina y así surge un aceite aromático, color ámbar, que conserva en su sabor una parte de la tierra que lo ve nacer. Ese aceite regresa a Luna y llega a la cocina, a la mesa, y a las manos de los amigos del rancho. Una pequeña porción de Luna Escondida. Un regalo en todos los sentidos: de la Tierra para el rancho y de Luna para sus visitantes.

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